30/7/18

MEMORIA FINAL

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MEMORIA - USA 17/18 Alessandra Pereira Hermida

Los sueños no son nunca suficientemente grandes

Y es que no sé ni cómo empezar. Cómo describir en tan pocas páginas algo que ha supuesto un cambio tan grande en mi vida, algo con lo que he aprendido tanto, algo con lo que he sido tan feliz.

Hace casi dos meses desde que llegué a España, habiendo dejado Colorado llena de lágrimas, pero con mi familia y amigos dándome la bienvenida más especial que me podrían haber dado. Y aunque mi yo del año pasado le hubiese llamado a eso el final de una etapa, mi yo del presente se niega a poder cerrar algún día un capítulo de mi vida tras el que sé que vendrán muchos otros buenos, pero que me acompaña cada día con un mensaje de mi host mom contándome cómo le va en el trabajo, o mi host dad llamándome “Aly Bear”, como solía hacer allí; con mis amigos de Colorado acordándose de mí, o conmigo misma siendo incapaz de procesar un año tan especial como el que he vivido, unas personas tan increíblemente buenas como las que he conocido y unos paisajes tan espectaculares como los que el desierto y las montañas de Colorado me han ofrecido. Y es que nunca conseguiré poner “puntos y finales”, y la nostalgia seguirá siendo una de mis mayores características; pero he creado allí una vida que no se va a cerrar, ya que estará presente cuando mi familia americana me visite el año que viene; cuando, con suerte, vea a mis compañeros de clase en su viaje de fin de curso a Italia, o cuando, en un futuro, tenga a toda esa gente que ocupa una parte tan grande de mi corazón en mi boda, un cumpleaños o una barbacoa. Estará presente siempre que esuche una canción de música country y me recuerde a las inmensas carreteras americanas, cada vez que vea una montaña y me parezca pequeña comparada con las Montañas Rocosas, cada vez que use una de las enseñanzas de la vida que he aprendido en América.

Una de las bandas sonoras de mi año en Estados Unidos la han puesto Macklemore y Kesha con la canción “Good Old Days”, en la que dice:

“I wish somebody wold’ve told me, babe, someday these will be the good old days: all the love you won’t forget, and all these reckless nights you won’t regret” (…) “You’ll miss the magic of these good old days.”

“Desearía que alguien me hubiese dicho que estos serían los buenos viejos días: todo el amor que no olvidarás, y todas esas noches temerarias de las que no te arrepentirás” (...) “Echarás de menos la magia de esos buenos tiempos”

He aprendido a valorar el momento en el que vivo porque, en algún otro, lo echaré de menos. Lo echaré de menos como lo hice cuando me estaba intentando adaptar a la vida americana y me fastidiaba por no haber valorado lo suficiente lo que tenía en España: el abrazo de mi madre al llegar a casa, los gritos de mi hermano, los cruasanes de domingo por la mañana que traía mi abuelo… Y es que no quiero que llegue un día en el que me vuelva a arrepentir de no haber valorado el presente y, aunque echo infinitamente de menos Colorado y repetiría mi exchange year millones de veces, no puedo encerrarme en el pasado. He aprendido a ver todos esos recuerdos con una sonrisa inmensa, alguna que otra lagrimilla y, sobre todo, la mentalidad de que lo he vivido, he sido más feliz que nunca antes, he viajado y he abierto mi mente y corazón como nunca pensé que lo haría. Y no hay dinero que pague lo que todos esos recuerdos significan para mí.

No fue un camino de rosas: eché de menos, discutí, me enfadé, me equivoqué, se equivocaron conmigo, me sentí sola e incomprendida, pero aprendí, aprendí más de lo que muchos años en mi zona de confort me habrían enseñado, y fui más feliz de lo que nunca lo habría sido si no hubiese pasado momentos duros. Estuve sentada en una mesa en la que todo el mundo estaba en mi contra, hubo ocho horas de diferencia horaria que me desgarraron cuando solo necesitaba una palabra amiga de apoyo. Lloré y aprendí a hacerlo sin sentirme mal por ello, cosa que nunca había hecho antes; pero también eso me enseñó a sentir y a mostrarlo, a querer y dar un abrazo cuando mi corazón me decía que era lo que debía hacer; me enseñó a vivir.
Tuve un profesor de filosofía maravilloso que dijo un día:
“Si quitáis las bajadas, nunca vais a poder apreciar las subidas.”

Y supongo que ese fue el truco para que cada momento de felicidad fuese para mí mucho más que eso, para que mi primera semana sin morriña fuese una gran palmadita en mi espalda, o para que recibir mi primera invitación a una fiesta de cumpleaños significase un mundo para mí. Recuerdo perfectamente la soledad que sentí en el enorme aeropuerto de Dallas o sobrevolando las enormes llanuras de Texas y, por la contra, el enorme abrazo que me dio la gente que me rodeaba cuando, seis meses después, me tuve que cambiar de familia y me vieron llorando: todos los que me ofrecieron cariño, los que me ofrecieron su casa, los que me escucharon y arroparon; pero, sobre todo, las maravillosas personas que fueron los Roseberry’s, que me enseñaron la bondad que todavía queda en el mundo, la felicidad que se le puede dar a una persona con tan solo unas palabras, que yo no me había equivocado tanto, y que a veces no hay conexión con cierta gente, pero que cuando la hay, no hay meses que determinen la cantidad de amor que se puede desarrollar por ellos: la cantidad de amor que ellos me hicieron sentir y que espero haberles devuelto.  Segunda lección de mi año de intercambio: muchas veces el error no eres tú, y tampoco necesariamente son otros, pero eso no significa que las cosas no puedan cambiar, y es que no hay que temer a los cambios porque, en mi caso, aquella decisión supuso abrirle la puerta a los mejores cuatro meses de mi año de intercambio, a la mayor diversión, a las mejores amistades y a mi mejor persona.

Me encontré con una sociedad con ideas completamente opuestas a las mías, en donde cosas que en mi cultura eran rechazadas estaban aceptadas, y en la que cosas que yo había crecido viendo como normales, allí estaban mal vistas. Y dije mis opiniones, y como buena testaruda, quise tener siempre la razón. Y no os voy a decir que me hayan convencido en muchas, pero he aprendido que, por mucho que lo intente, mi verdad no es la verdad absoluta, y que siempre hay que escuchar lo que hay detrás de una idea, y respetar.

América me ha mostrado una filosofía de vida completamente distinta. Me ha enseñado que los sueños no son nunca lo suficientemente grandes si se tiene el corazón, la valentía y las ganas necesarias. Me ha enseñado que se puede ser feliz en cualquier etapa de la vida, y que todas, absolutamente todas, tienen algo precioso en ellas. América me ha enseñado que su excesiva positividad que al principio tanto me costó aceptar no es algo tan malo y que, sin perder la cualidad de ser realistas, nos pasamos demasiado tiempo de nuestra vida amargándonos por lo que no deberíamos. América me enseñó a ver de formas diferentes muchos conceptos de la vida: a los amigos, a las parejas, al matrimonio, a la juventud, a la maternidad… Y si bien sigo siendo muy española para muchos de ellos, creo que me ha permitido mejorar mucho cómo los entiendo y la forma en la que los viviré en un futuro.

América me ha roto la cabeza: me ha demostrado ser la sociedad más contradictoria que he conocido, y supongo que me ha hecho contradictoria a mí misma también; pero, más que nunca, me ha enseñado que “definirse es limitarse”, y que hay que estar siempre abierto a todo. No hay que juzgar a absolutamente nadie, porque nunca sabes el motivo por el que la gente hace lo que hace. Pero sobre todo, no hay que decir que “no” a conocer a nadie, ni siquiera a aquel que es diferente, porque yo, que siempre había estado en un ambiente en el que yo era relativamente normal, entré de lleno en un país y una cultura en la que yo era la diferente, y vi la otra cara de la moneda: lo que es sentirse juzgada, lo que es que no acepten una visión diferente o una personalidad distinta. Y me encontré con gente que no lo aceptó, pero también con gente maravillosa que me acogió con mis diferencias, mis pensamientos y mi personalidad, gente que me sonrió y que me enseñó el increíble valor de una sonrisa, de un abrazo o de una palabra amable. Y es que nos pasamos demasiado tiempo de nuestra vida criticando, juzgando e impidiendo ser felices a otras personas y a nosotros mismos.

Hubo un par de años de mi vida en los que no entendía en absoluto el propósito de vivir y bueno, quizás es algo que no hay que entender. No hay que entenderlo todo en esta vida, y lo que he aprendido en este año de intercambio es que, si no tiene ninguno, el que cada persona le debería de poner es ser feliz.

Mi objetivo en la vida siempre había estado enfocado a los estudios, al trabajo, al éxito profesional y sí, sigo siendo la misma persona ambiciosa a la que le sigue importando eso, pero porque a mí es lo que me hace feliz; si a otra persona le hace feliz dejar los estudios y ser peluquera, ¿por qué no?, no todos tenemos que seguir el mismo camino, y no todos vamos a encontrar la felicidad por el mismo, pero todos y cada uno de ellos, dentro de unos límites razonables, son respetables y admirables, porque al fin y al cabo cada una de nuestras vidas son una búsqueda de felicidad, y no hay algo más triste que aquel que no la ha encontrado por seguir un camino dictaminado. He aprendido que, a mí, una de las cosas que más feliz me hace es viajar y conocer a gente diferente, y que eso es algo que este año allí me ha aportado.

He hecho voluntariado que me ha enseñado lo importante que son hacer buenas acciones y cómo es algo que deberíamos hacer mucho más en España: ayudar a limpiar un jardín a una señora mayor, empaquetar regalos para niños del tercer mundo, ayudar a vaciar una piscina de esponjas en la iglesia… Cosas muy diminutas pero que también me han enseñado lo importante que es hacer felices a otros.

Es inmensa la cantidad de gente que me repite cuánto me va a costar Segundo de Bachillerato tras un año en América, pero vengo con las ganas de poner todo el esfuerzo que haga falta. Y quién se imaginaría que Alessandra alguna vez diría esto, pero, si algo me cuesta más y me hace tropezar, si baja mi media un poquito, nada jamás podrá compensar lo inmensamente feliz que he sido en América, las lecciones de vida que me llevo en mi mochila y las experiencias y enseñanzas que he conseguido gracias a haber hecho lo que tanta gente, por miedo a salirse de lo común y de su zona de confort, no ha hecho. Nunca jamás había sido tan feliz, y recordaré este año mil veces más de las que hubiese recordado no intentar superarme y enfrentarme a casi 11 meses lejos de casa.

Y me llevo todo eso aprendido de América, pero lo que más me llevo de América son personas; personas que, como dije antes, me han enseñado que hay mucha más gente buena en este mundo que mala, y que me han abierto mi corazón en canal. Yo, que era reacia a mostrar mis sentimientos o alguna debilidad y yo, que ahora admito que no soy la más fuerte de todas, pero que cada día un poquito más, que admito que me queda muchísimo por aprender y que hay cosas que todavía me superan. Yo, que si ahora quiero a alguien se lo digo, y que si me sale un abrazo del corazón, lo doy, pero que si me sale una lágrima de ese mismo sitio, también la dejo caer.

Además del sobrepeso que me traje en mis dos maletas, me he traído recuerdos impagables y momentos de felicidad inmensa: mi host dad haciéndome sus quesadillas que tanto me gustan, mi host mom llevándonos a por un helado después de cenar, mi host sister y su marido vacilándome tanto como pudieron y más, mi equipo de voleibol animándome a terminar la milla que me costaba mundos correr, mis mejores amigos dándome muchas de las tardes más divertidas de mi vida y la familia que vi formada a mi alrededor el día en el que celebré mi cumpleaños, a miles de kilómetros de lo que yo siempre había conocido y querido.





Ver la Estatua de la Libertad. Hacer mi primera amiga. Encontrar a alguien que me entendió. Aprenderme las rotaciones en voleibol. Correr una milla. Mi primer baile. Ir de “truco o trato”. Ser titular en el equipo de varsity de baloncesto por primera vez. Tomar las uvas con mi familia por Skype. Encontrar una segunda familia. Ver una película en el sofá de casa con mi host family. Hablar con mi madre y contarle lo feliz que soy. Sentirme parte de la familia que era mi instituto. El baile de fin de curso. Amistades inmejorables. Subir a una de las cimas más altas y hacer una promesa. Ver las luces de la ciudad desde lo más alto. Abrazar. Graduarme como siempre había soñado. Despedirse. Y querer, querer mucho.

América no es perfecta, España tampoco lo es. Nadie lo es.

Pero este ha sido el año más feliz de mi vida, y jamás podré agradecerle a todo aquel que lo hizo posible lo suficiente. A Elena, de FSL, por apostar por mí, a Ana María por las infinitas consultas, a la Fundación Amancio Ortega, a FSL y CIEE, a los Roseberry’s por ser una familia increíble, a mis amigos de allí por hacerme sentir tan querida, especialmente mi grupo de amigos más cercanos, a los de España por hacerlo a pesar de la distancia, a mi familia por aguantar esta pequeña locura y a mi madre, por sufrir y ser feliz conmigo.

A América, por hacer que lo que más me llevo de mi año de intercambio sea amor.
A Colorado, por convertirse en un hogar para mí.
Y a Grand Junction, por haber sido el escenario más bonito que podría haber imaginado para mi sueño.
Volveré pronto.





19/7/18

(+320) MIS ÚLTIMOS DÍAS EN AMÉRICA

10:35 0 Comments


Aleluya diréis por ahí. Yo también digo lo mismo, pensaba que nunca me pondría al día. Ya hace más de un mes que estoy en España y, como os habréis podido imaginar, mis últimas semanas por las Américas fueron demasiado intensas como para pararme a escribir el blog, tenía prioridades y la mía era aprovechar todos y cada uno de los momentos con la gente y en los sitios más importantes para mí. No detallaré muchíiiisimo porque podría tener aquí tres páginas de texto por delante, pero no quería dejar esta aventura incompleta, ya que me ha encantado ir compartiéndola por aquí desde el primer día.

Volvamos al domingo donde lo dejé:

Tras una mañana muy especial, dedicamos la tarde al voluntariado con el Sharefest, un festival en el cual todos aquellos que lo necesitan publican una petición de ayuda y gran parte de la población busca el proyecto en el que más le apetece ayudar y se apunta. En nuestro caso, nos ofrecimos a ayudar a una señora con su jardín (a que sí, como en las pelis); y así pasamos la tarde.



El fin de semana siguiente fuimos a Denver. Si os acordáis, en marzo habíamos participado en el National History Day, y nos habíamos clasificado para la fase estatal, que se celebraba en la Universidad de Denver.
Nos pusimos en marcha el viernes y, al llegar allí, y tras ir a comer, nos dirigimos al Denver Art Museum, donde pudimos ver una exposición del pintor francés Degas y visitar algunas otras. Al terminar y ver que nos sobraba tiempo, visitamos el Museo de Historia de Colorado, que también fue súper interesante y muy dinámico.


Tras la dosis de museos, nos fuimos a cenar y pasear por el Downtown, el centro de la ciudad, que fue precioso.


El sábado fue por fin el esperado certamen. A primera hora de la mañana, fuimos allí y lo dejamos todo montado y, tras muchas vueltas al campus, que era impresionante, fue nuestro turno de la entrevista. Nos quedamos con muy buenas sensaciones y, aunque no tanto como en la primera fase, nos gustó. Esperamos toda la tarde hasta que se publicaron las listas de semifinalistas en las que, aunque no nos encontrábamos, sí se encontraba uno de nuestros compañeros, por lo que nos quedamos hasta la ceremonia en la que anunciarían los clasificados para la fase nacional en Washington D.C. Aunque no hubo suerte, fue una experiencia muy bonita y en la que pude conocer muchísimo mejor Denver y su universidad y fortalecer amistades muy bonitas.


Tras cenar en un mejicano, ya que era 5 de mayo, día que marca una de las principales victorias del ejército mejicano y que es más celebrado en USA que en cualquier otro sitio, partimos de vuelta a Grand Junction.

Al día siguiente, escalamos Mount Garfield, una de las montañas que lleva siendo parte de nuestras vistas diarias desde que llegábamos y que para nosotros era muy especial subir, ya que define totalmente nuestra ciudad. Con mi grupo de amigos más cercanos: Marija, Nathan y Sara, hicimos una de las rutas en las que más me he caído en toda mi vida (y no porque sea torpe, pero como para no caerse con semejantes cuestas) pero cuya cima ha sido sin duda la más especial. Muy cursi, pero para nosotras fue una de las cosas que queríamos hacer para culminar nuestra estancia en esta ciudad, y nos encantó.



La semana siguiente la pasamos muy ajetreada: aunque con muchos proyectos, sacamos tiempo el miércoles para ir a unos recreativos con unos amigos a jugar a los karts, al minigolf.... Es increíble cuánto se fortalecieron las amistades cara al final y qué poquito tiempo quedaba.


El jueves lo dedicamos a grabar un corto para Historia Americana y, si bien suena aburrido, os aseguro que fue uno de los días más divertidos que pasamos.


El sábado fuimos a Moab, en Utah, con nuestra familia y unos amigos suyos. Allí (a ver como explico yo esto) montamos en lo que ellos llaman ATV o Side-by-side, y la verdad es que no tengo ni idea de cómo se llaman aquí en España porque son unos vehículos que yo nunca había visto. Son básicamente todoterrenos más troteros y abiertos, con los que recorrimos partes muy rocosas del desierto de Utah, además de tener unas vistas espectaculares.



A la vuelta, para que veáis que no miento cuando digo que no perdíamos el tiempo, fuimos a hacer una ruta de senderismo con un grupo de amigos del instituto.


El domingo tuvimos nuestro último domingo en la iglesia, lo cual también significó nuestro último domingo haciendo voluntariado en la misa para niños. La verdad que nos dio mucha pena, porque creas en Dios o no creas, es innegable que esa iglesia ha creado una comunidad preciosa y muy muy acogedora, y a nosotras nos hizo sentir como en casa desde el primer día. Además, era el día de la madre en Estados Unidos, por lo que lo pasamos todos con mi host mom americana.


Por delante teníamos la penúltima semana de clases, que fue considerablemente intensa. El martes asistimos a la graduación de uno de los mayores institutos de nuestra ciudad: Fruita Monumento High School. Solo os puedo decir que fue como una película. En un estadio de fútbol americano, los cientos de estudiantes, alguna de los cuales conocía, subieron al escenario con sus togas y concluyeron la ceremonia lanzando sus gorros, como no podía ser de otra forma. Fue precioso.



Al día siguiente, tuvimos la obra de teatro de fin de curso: El libro de la selva. No fue una gran producción como la que había sido El mago de Oz en enero, por lo que la dividimos en dos días y la hicimos para una pequeña parte del colegio. Aún así, lo pasamos muy muy bien haciéndola y a la gente, especialmente a los más peques, pareció gustarles mucho.

Tras quedar con una compañera después de clase para tomar algo e ir de compras, fuimos a montar a caballo con otra chica de nuestro instituto que es una pasada de habilidosa con ellos. Fue tan amable de invitarnos a montar y la verdad es que lo pasamos súper súper bien, fue increíble y nos hizo una ilusión tremenda, además ella nos explicó todo lo que pudo y más sobre ellos.


El jueves, tras las clases y la segunda y última parte de la obra de teatro,  pasamos la tarde los cuatro juntos (cuando digo los cuatro me refiero a mi grupo de amigos más cercano: Sara, Nathan, Marija y yo). Además cenamos todos juntos en nuestra casa y lo pasamos muy muy bien. Sin duda una de las mejores cosas que me llevo de América es la amistad tan bonita, y espero que duradera, que hemos formado.

El viernes por la mañana quedamos con unos amigos para hacer una ruta fluvial en bici. A pesar de todo lo que tuvimos que pedalear, nos entretuvimos mucho y acabamos todos charlando largo y tendido en la orilla.


Después fuimos al Carnival, que es una especia de fiesta de Bouzas (en el sentido de las atracciones). Y allí quedamos con Elsie y Miya, que son dos muy buenas amigas y a quienes luego se sumaron otros tantos compañeros de insti que nos encontramos allí.


Para terminar este día tan americano, fuimos a un drive-in, o lo que viene siendo un cine al aire libre como el de tantas y tantas películas. El sitio era precioso, y con Doritos y buenas mantas y colchones,  nos acomodamos en la parte de atrás del truck y disfrutamos como enanas.

El día siguiente lo pasamos "de chicas": de compras, comiendo fuera y pasando la tarde en el centro comercial: Sara, Marija, mi host mom y yo. Después fui a ver la obra de teatro de una compañera de clase y de equipo y, al terminar y tras cenar fuera con su familia, fui a casa de otra amiga, en la que disfrutamos de una noche con varios de nuestros amigos y nos quedamos a dormir, ya que al día siguiente nos íbamos algunas de nosotras juntas a Utah. Lo que íbamos a hacer fue una de las cosas más "aventureras" que he hecho en toda mi vida: canyoneering, o lo que viene siendo descenso de cañones. La verdad es que era una pasada y lo pasamos estupendamente.



El lunes era el penúltimo día de Marija y, consecuentemente, nuestro último día juntas en el colegio. Y el más especial: nuestra graduación. No nos correspondía graduarnos, estudiamos lo que allí es 1º de Bachillerato y por lo tanto lo de las togas y los gorros no iba a ser parte de nuestra experiencia, pero le explicamos de todo corazón a la directora cuánta ilusión nos hacía eso, y nos concedió nuestra mayor ilusión de América: graduarnos.

Tras acabar las clases, en el arco que formaba la entrada al que fue nuestro instituto, rodeadas por poquita gente, pero a la que más queríamos, nos graduamos. Por tontería que suene, fue inmensamente especial para nosotras: sin un estadio gigante o cientos de personas, sino en un sitio que adoramos y rodeados de quienes hicieron este año increíble.


Por la tarde fuimos a cenar con un amigo y su familia para despedirnos todos de Marija, y como no, fuimos a un restaurante que fue el sitio donde quedamos por primera vez, donde cenamos en Prom y donde cenaríamos todos juntos por última vez.



Tras eso, cenamos por segunda vez y con toda nuestra familia americana y, tras pasar casi toda la noche sin dormir, al día siguiente, bien temprano, fuimos a despedir a Marija al aeropuerto. Primera despedida de tantas que quedaban por venir, y primera pista de lo duro que iba a ser no solo dejar América, sino a quienes se habían convertido en mi gente, como ella.



Fue un día muy muy triste y de muchísimas lágrimas.
Al día siguiente, fui por la tarde al ensayo de ballet de Miya, mi primera amiga americana y sin duda una de las mejores. Ella baila ballet y lo hace que es una pasada, y ya que no iba a poder ir a su actuación, fui a su ensayo.

El jueves fue el último día de clase y, tras pasarnos la clase de teatro con High School Musical de fondo, asistir a la graduación de los de nuestro instituto y pasar las últimas horas todos juntos, tocó hacer la cuenta atrás con el reloj y compartir la felicidad con todos aquellos que celebraban que empezaba su verano, aunque para nosotras se nos acababa un capítulo precioso de nuestras vidas. Tras vaciar la taquilla con la que tanto había soñado desde que era pequeña, tocó despedirse y cerrarla. Caprock Academy siempre tendrá una parte enorme de mi corazón.




Por la tarde fuimos a la fiesta de graduación de mi amiga Katey, que la celebraba en su casa, y luego a la de otros tres amigos. Tras esto, Sara y yo fuimos a un concierto al aire libre que nos encantó.


Al día siguiente puse a rumbo a Cedaredge, donde mi iglesia celebraba un campamento para niños y del que a mí me habían ofrecido ser una especie de monitora. 
Allí pasé todo el fin de semana, preparando los juegos para los niños y, en general, trabajando mucho; la verdad que cuando eres un niño vas a los campamentos pero nunca te imaginas la de trabajo que tiene detrás. Fue una experiencia buenísima y, por si fuera poco, cada noche los junior counselors pudimos disfrutar de la pedazo heladería que tenían y charlar alrededor de la hoguera.


Tras volver el lunes y descansar un poco, Sara y yo fuimos a ver un partido de béisbol en nuestra ciudad, ya que allí se celebra cada año JUCO, una competición entre los mejores de un cierto tipo de universidades. Su familia tenía pases VIP, por lo que lo pudimos ver desde tribuna pero, al estar tras un cristal y no poder vivir el ambiente al 100%, decidimos bajar abajo y sentarnos con algunos de nuestros compañeros de insti. Era la noche grande del campeonato, por lo que para culminarla pudimos disfrutar de un espectáculo de fuegos artificiales muy bonito.


La mayoría del martes la pasé ayudando a Sara con sus maletas, ya que ella se iba el jueves. Para mí fue también mi ultima tarde en 4640, el grupo de jóvenes de la iglesia, donde he conocido a gente fantástica y algo que sin duda voy a echar mucho de menos. Por la noche fuimos las dos a dormir a casa de un amigos, donde además de hacer smores un tanto rudimentales, vimos una peli juntos y lo pasamos muy bien. Éramos de sus amigos más cercanos, por lo que hicimos esto para aprovechar el día siguiente, el último para ella, al máximo desde primera hora de la mañana.

Tras un Starbucks de desayuno y una visita a la oficina del cole, la volvimos a ayudar a rematar las maletas. El resto de la tarde la pasamos yendo a sus sitios favoritos, acompañándola a despedirse... queríamos que fuese lo más especial posible. Lo terminamos cenando todos juntos y subiendo a lo más alto de la ciudad, como hicimos en Prom, para ver las luces de nuestra ciudad.


Pasamos la noche juntas y al día siguiente, bien temprano, la fuimos a llevar al aeropuerto. Segunda despedida pero no por ello menos dura, ya que me dejaba claro que me quedaba poco más de una semana en Colorado.



Después fui a desayunar con mi host family al mismo sitio que cuando dejamos a Marija, ya que aquello pareció convertirse en la tradición, y pasé todo el día con ellos. Fuimos a Goodwill, una tienda muy típica americana y que tenía que visitar antes de irme ya que estaba en mi bucket list. Comimos juntos y luego fuimos al cine, terminando la tarde subiendo a lo más alto de la ciudad con mi host dad en una de sus motos, disfrutando de unas vistas y una sensación increíbles. 

El viernes por la mañana fui a casa de la familia de un amigo, ya que me habían invitado a ir con ellos a Denver. Partimos y, tras dos horas de atasco debido a un accidente, llegamos a tiempo para una de las cosas que más llevaba esperando: un partido profesional de béisbol. Fuimos a ver a los Colorado Rockies jugar contra los Los Angeles Dodgers (¿sabéis las viseras que tienen una L y una A superpuestas?, pues son las de ese equipo). El ambiente era una pasada y el estadio, impresionante. La verdad que fue una experiencia que me encantó y que no me podría haber perdido.


El sábado lo pasamos en Waterworld, un parque acuático gigantesco y súper divertido, lo disfrutamos un montonazo. El domingo partimos ya de vuelta a Grand Junction, no sin antes parar en Glenwood Springs, donde había un restaurante bastante conocido al que fuimos a comer.

El lunes fue un día de muchísimo papeleo con respecto a la convalidación. Tras arreglar eso y pasarme un par de horillas en el centro comercial, fui con una de mis profesoras al cine para así poder despedirme de ella, ya que fue durante todo el año un apoyo muy grande. Después fui a cenar con un amigo a Taco Bell, sitio que deberían abrir en Vigo muy pronto, ya que está para morirse.

El martes fui a comer con Miya, a la que adoro. Fuimos a Freddy's, uno de mis restaurantes de comida rápida favoritos y que sin duda tiene las mejores patatas fritas que he probado nunca. Otro más que debería abrir aquí.


Por la tarde fui a mi primer rodeo, que era ya la última cosa que me quedaba por tachar de mi lista. A pesar de no ser muy fan de como trataban a los animalillos, es algo que hay que ver, aunque sea solo la entrada de los concursantes, ya que verlos rodear el recinto cabalgando con las banderas es una pasada. 

La del miércoles fue una mañana muy durilla, ya que no había empezado a hacer las maletas todavía y se me vino todo encima. Aún así, sobreviví y salí a comer con Katey, una de mis amigas de baloncesto, y su hermano a un restaurante al que llevábamos queriendo ir juntas desde diciembre.

Por la tarde fui a cenar a casa de una amiga, ya que sus padres me habían pedido. que les enseñase a cocinar paella y son un encanto de familia. Al llegar allí, no solo me encontré con muchísimos de mis amigos del instituto, sino con, nada más ni nada menos, que un vigués que yo había visto en Españoles por el Mundo antes de ir a Colorado. Hacía unas semanas, les había contado lo curioso que era que, de casualidad, e cuadró ver el programa en el que visitaban este estado y un señor de Vigo viviendo en la ciudad que iba a ser mi casa por un año. Cuando les dije su nombre, me dijeron que lo conocían y, sabiendo la ilusión que me hacía conocerle, lo trajeron por sorpresa para que me ayudase con la paella. Fue un gusto tremendo y una tarde súper divertida, además de que su mano hizo que la paella quedase mucho mejor de lo que nunca me habría salido a mí.


Cuando me desperté no me lo creía, pero el jueves era mi último día en Colorado. Había sido una semana de muchas emociones, yéndome a dormir cada día con la tristeza de saber que el tiempo corría en mi contra. No voy a mentir, yo no me quería ir. Grand Junction se convirtió en un hogar para mí, y su gente se convirtió en parte de la mía, por lo que marcharme se me iba a hacer muy muy duro.

Por la mañana, tras deshacerme de mucha de mi ropa, fui con un amigo al centro de la ciudad, una de mis partes favoritas de ella. Allí pasamos la mayor parte del día y, para rematarlo, cenamos todos juntos en mi casa, con toda mi host family reunida y disfrutando de las impresionantes quesadillas que tantas veces me hizo mi host dad. Pasamos horas y horas hablando, y ya como gran final, volvimos a subir a la parte más alta de la ciudad para ver la que fue mi casa durante este año desde lo más alto.

Os imagináis lo que vino al día siguiente, por lo que para qué explicarlo, si fueron todo despedidas y lágrimas.


Tras reencontrarme con otros becados, Nueva York, Madrid, y grandes retrasos en horarios, llegué a casa con el mejor recibimiento que me podían haber dado y rodeada de mis seres queridos.


Qué año más bonito. 

Qué alegría haber terminado en un sitio tan bonito como Grand Junction, con gente que me ha enseñado, con una familia que me ha querido y a la que he adorado, y con amigos que me llevo para toda una vida.

Qué pasada haberme despertado cada mañana con las Montañas Rocosas de fondo, con una nueva filosofía de vida, con una mente cada día más abierta. Y qué pasada haberme podido maravillar con los increíble que es Colorado.

Qué bonita América, que me ha abierto los brazos y permitido cumplir mi sueño.
Y que me ha dado el mejor año de mi vida.

Qué bonito haber podido compartir todo en este blog, donde quedará plasmado para leer y releer lo que da título a esto: mi sueño. El sueño con el que canté, me divertí y me acosté durante gran parte de mi infancia y que ahora he cumplido.

Qué bonito poder cumplir sueños. Y qué bonito que este haya sido solo el primero de muchos otros. 

Esta vez no digo "hasta la próxima semana", pero sí os digo que me queda la entrada final de mi aventura americana, que algo tan especial hay que cerrarlo bien. Antes del 31 de julio lo publico, prometido.

1/5/18

(+285) PROM Y DÍAS QUE SE QUEDAN DEMASIADO CORTOS

22:45 0 Comments

¡Hola! Yo ya no tengo ni perdón, pero cada semana es más ajetreada que la anterior y de verdad que estoy intentando sacarle el máximo partido a estos últimos días, por lo que actualizar el blog cada semana es prácticamente imposible.

Hace dos semanas hicimos el SAT, que es el examen que los americanos tienen que pasar para acceder a la universidad: es decir, es parecido a nuestra Selectividad, con la diferencia de que es para todo el mundo igual, se hace en primero de Bachillerato y es mucho más fácil. Ya que el colegio lo ofrecía gratis, nos anotamos y lo hicimos, para ver más o menos como era.

El miércoles fui con Sara a hacer una ruta de senderismo hasta una cascada en el Colorado National Monument, el cual rodea el vecindario donde vivimos y es increíblemente bonito.



Tras recoger el vestido, encargar las flores y tenerlo todo listo, llegó uno de los días que todo estudiante de intercambio espera desde el principio: Prom o, lo que es lo mismo, el famoso baile de fin de curso. El de nuestro instituto se celebró en una granja que se usa como lugar para bodas y que era preciosa, por lo que por la mañana fuimos allí para ayudar a decorar y dejarlo todo montado. Tras esto, fuimos a la peluquería y nuestra host sister preparó nuestro maquillaje.

Como lo habíamos visto tanto en las películas, le pedimos a nuestro host dad que se hiciese pasar por el típico padre que asusta a las citas de la hija enseñándoles todas sus armas y pretendiendo ser hiper-protector. Dicho y hecho, mientras Sara, Marija, la hermana de Sara y yo nos estábamos preparando en el piso de arriba, él se vistió de camuflaje, puso el canal de caza de fondo, distribuyó todas las armas por el salón y les hizo pasar un rato bastante malo, especialmente a las citas de Marija y Sara, ya que eran otros estudiantes de intercambio y, como con la mayoría de los europeos, no estamos acostumbrados a estas cosas.

Una vez preparadas, y con música de fondo para hacerlo más de película, bajamos las escaleras y nos encontramos con nuestras citas para el baile. La tradición respecto a las flores es que la chica le compra el boutonniere (la flor que va en la solapa del traje) al chico, y él le compra el corsage (las flores de la mano) a la chica; por tanto, una vez en el piso de abajo, lo primero que hicimos fue ponernos las flores los unos a los otros.

Lo siguiente fueron las fotos: tras hacerlas en nuestra casa, fuimos a la de Sara para sacar algunas otras y, después de cientos de ellas, fuimos a cenar a uno de mis restaurantes favoritos y pasamos un rato super bueno todos juntos.






Finalmente, nos dirigimos al lugar del evento para empezar el baile. Para solucionar vuestras dudas, os digo que fue exactamente como os lo imagináis y como se ve en las películas. Fue una forma preciosa de simbolizar cómo nos han cambiado las vidas en nueve meses y de culminar un año de una forma perfecta, aunque no fuese exactamente el final.

Tras el baile, fuimos a un restaurante de comida rápida con muchos de nuestros compañeros, como es costumbre en nuestro instituto después de cada baile, y luego subimos a una de las partes más altas de la ciudad, con la música bien alta, para ver todas las luces.

Después fuimos a nuestra casa y terminamos allí la que fue, sin duda alguna, la noche más bonita de todo nuestro año de intercambio.

Agotadísimas, no tuvimos mejor idea para el dia siguiente que hacer una ruta de senderismo con un amigo que, aunque nos dejó muertas, mereció la pena por las vistas tan bonitas. Como ella ya había prometido desde hace meses, cenamos comida italiana que Sara cocinó para nosotros y de la que me acabé comiendo muchísimos platos, ya que estaba buenísima.



El domingo por la mañana fuimos a misa y, tras comer fuera, volvimos a la iglesia por la tarde para un concierto que se celebra anualmente allí en el que se reúnen muchas de las iglesias del valle, juntan a miembros de sus bandas y ofrecen una hora de música. El coro actuaba como parte de él, por lo que tuvimos la oportunidad de cantar con ellos y experienciarlo desde una perspectiva diferente.




La semana pasada pasó volando, como ya están pasando prácticamente todas. El viernes, tras las clases, fuimos a ver la actuación de uno de nuestros amigos a la iglesia, donde estaban recaudando fondos, y luego fuimos todos a cenar a un restaurante de la ciudad.

El sábado por la mañana fuimos a un partido de rugby y, mientras esperábamos a que empezase, escuchamos una sirena con la melodía de una canción; nos llevó medio segundo girarnos, encontrarnos con el camión de los helados y que casi nos diese un patatús de la emoción.

Para terminar el día, hicimos una ruta de senderismo nocturna que se acabó extendiendo hasta las tantas pero que nos dejó con unas vistas preciosas de las luces de Grand Junction (y con unas cuantas espinas de cactus en los zapatos, que esto es pleno desierto).



El domingo nos estrenamos haciendo voluntariado en la misa de niños, donde jugamos con ellos, los controlamos y ayudamos en todo lo que pudimos, y es algo que haremos el resto de domingos que nos quedan aquí. También, por fin, como habíamos estado esperando desde que me mudé a esta familia, cociné paella. No os digo ni lo que les costaron los ingredientes porque os daría un ataque al corazón, pero solo os digo que tenía bastante presión encima para hacerles una paella que supiese decente; tras unas cuantas horillas y bastantes llamadas de emergencia a mamá, he de decir que quedó sorprendentemente rica y cumplió, e incluso superó, las expectativas.




La tarde del lunes, después del instituto, la pasamos montando a caballo. Era una de las cosas que queríamos hacer antes de irnos y, gracias a una señora de la iglesia con muchísima experiencia en rodeos, pudimos montar uno de los suyos. Además, vimos como entrenaba una de las chicas para el propio rodeo, lo cual fue súper curioso.




El martes, en vez de ir a nuestro instituto, pasamos el día en uno de los otros de la ciudad, ya que nos apetecía mucho ver como funcionaba un instituto más grande. Tuvimos la oportunidad también de montar en un bus amarillo que, por tonto que suene, no me podéis negar que a todo extranjero le haría ilusión eso.



El jueves fue el Día de la Historia en nuestro insti y, en el caso de nuestro curso, la temática era, o bien los 50 o la Guerra Fría. Por razones obvias respecto a la dificultad, la mayoría simplemente nos disfrazamos rollo Grease. El día consistió en actividades en las diferentes clases, algunas representaciones y, como no, mucha, mucha comida.




Al terminar, fui con la italiana a hacer una ruta de senderismo que, aunque esa era la idea, se acabó convirtiendo en un paseo de dos horas por los vecindarios ricos que hay por la zona. Luego fuimos a cenar fuera con unos amigos y pasamos el resto de la tarde juntos.

Tras tanta actividad, el viernes fue un día de bastante relax, poner cosas al día y de caminar hasta la gasolinera más cercana a por helado. Solo os digo que, dado que nadie camina en este lugar, las caras de la gente en los coches eran un panorama.

El sábado fuimos a comer fuera con nuestra host sister y su marido y, tras hacer algunas compras, fuimos a cenar a un local donde todos nuestros compañeros de clase prepararon una cena con teatro para recaudar fondos para su viaje a Italia. Fue súper divertido verlos actuar, y también tuvo su gracia escuchar al hombre que anunciaba las pujas que hicieron, porque la velocidad a la que hablaba no era ni medio normal.

Acabo aquí la entrada, que ya es sufiecientemente larga y no quiero dar mucho más la vara. Hablaré del domingo en la próxima entrada que, ya aviso ahora, tardará un poquito en llegar. Como ya dije antes, me quedan muy poquitos días aquí y quiero sacarles el máximo partido.


¡Hasta la próxima!