30/7/17

# Mi vida en USA

¡NUEVA YORK! 🗽



25 de julio

Mi día favorito del año, siempre: día de Galicia, de mi pueblo y de fiesta. Y, sin embargo, yo me iba. Y no me iba triste: me iba a cumplir mi sueño, pero con una mezcla de emociones dentro que no creo que se pueda describir. Sin ser del todo consciente, fui al aeropuerto. Tras un momento un poco de bajón, mis amigos aparecieron en la puerta del baño: se habían disculpado mil veces por no poder ir a despedirme, y ahí estaban, sin fallar, como hacen siempre. La despedida fue dura, para qué mentir, pero me subí a ese avión, aparte de entre lágrimas, muy feliz; feliz porque dejaba aquí a la mejor familia y a los mejores amigos que podría haber pedido nunca, pero consciente también de lo mucho que los iba a echar de menos.

Tras una breve parada en Madrid donde me encontré con las otras gallegas, Elena, y otros estudiantes de FSL, nos despedimos definitivamente de España. El vuelo fue largo y dio para mucho: dormir un poco, pasear, ver dos películas y pensar, pensar mucho. Tras 8 largas horas y muy emocionadas, pisamos América. Cogimos el bus y, con unas vistas impresionantes de la ciudad de Nueva York, nos dirigimos al Doubletree by Hilton en Nueva Jersey. Tras registrarse, coger el paclunch y recibir nuestras camisetas azules, pasamos la noche entre charlas y nervios.



La mañana siguiente se podría resumir en reuniones que repetían lo que ya nos habían dicho en las orientaciones y muchas horas sentados, lo cual agradecí. Con unos bocadillos vegetales del Subway que no me comí (demasiado sanos) una cookie, dos botellas de agua y unas Lays, pusimos rumbo a NYC. Con un guía simpatiquísimo cuyo nombre ni siquiera entendí, pudimos empezar a reconocer algunas calles desde nuestros asientos, pasando por el barrio de Friends, la casa de Hugh Jackman y el resto de ajetreadas calles neoyorquinas. Tras el trayecto, por fin pisamos Nueva York: increíble, tal y como en las películas. La primera visita fue el memorial del 9/11 (lo que nosotros conocemos como el 11S), y el tiempo que estuvimos allí solo se puede describir como emocionante: el guía nos contó como vivió aquel día, como parte de su familia también estaba volando cara a otros destinos, y como escuchó una de los estruendos a través de la llamada con su novia, que vivía al lado. Siempre ha sido un evento que me ha interesado muchísimo, y me encantó vivir en primera persona todas esas emociones. 



Después de esto pudimos subir al One World Trade Center, y ya os podéis imaginar lo increíble que fue. Con la bandera gallega a la espalda, pasamos la media hora que teníamos allí sacando tantas fotos como nos fue posible.

Tras unas cuantas compras, pusimos rumbo al puerto, no sin antes pasar por Wall Street, donde pudimos ver impresionantes edificios tales como el Trump Building o La Bolsa de Nueva York (sitio que, como fan de los telediarios, me encantó ver). 



Una vez al lado del Hudson, subimos en el barco que allí nos esperaba y, después de una cena un tanto cargada de mareos y movimiento, pudimos subir a cubierta. Creo que todos queríamos llorar de la emoción. Las vistas eran espectaculares, el ambiente increíble y la música no hacía más que mejorar el momento. Como no, no faltaron las fotos e, increíblemente por mi parte, hasta los bailes. Con Sinatra de fondo, rodeamos la Estatua de la Libertad, y con diversa música, los españoles y su marcha fueron el objetivo de las cámaras de todos los estudiantes asiáticos.



Agotados, volvimos al hotel, donde nos esperaba otra reunión sobre los vuelos del día siguiente. Con todos los documentos, muchas ganas y muchos nervios, me fui a dormir. El despertador sonaría a las cuatro y media y tendría que estar abajo a las seis, por lo que necesitaba dormir un poco.

Al día siguiente, ya en el aeropuerto de Newark, empezó nuestra aventura. Nos dejaron solos, y creo que para todos fue mucho más fácil de lo que nos esperábamos.

El vuelo a Dallas fue ameno, más largo de lo que esperaba ya que no había contado con el cambio de hora, pero ameno. Molesté al chino de al lado todo lo que quise para enchufar mi móvil y pensé, pensé mucho más de lo que había pensado en todo el viaje. Y dio vértigo, dio vértigo pensar en los 10 meses que tenía por delante y no tener ni idea de cómo serían, dio vértigo pensar en cuánto tiempo iba a estar lejos de los míos y dio vértigo pensar en cómo iba a estar una semana después.

Hasta ese momento había estado con otros estudiantes, pero después de llegar a Texas empezaba realmente la prueba de fuego: una prueba que no fue para nada tan difícil como pensaba. Nada más salir, le pregunté a un chico del aeropuerto por mi puerta de embarque y, sin dudarlo un segundo, me llevó hasta ella en su carrito de golf. Hago un parón aquí para decir que, desde mi experiencia en los aeropuertos, no hay color al comparar la calidez de los tejanos con la impaciencia de los neoyorquinos.

Como buena fan de la música country, estaba muy feliz por estar en Texas, pero más feliz me puse aún cuando entré en la tienda de souvenirs y me encontré con mi música favorita de fondo y unas botas y sombreros de cowboy en frente mía. Fui la persona más feliz del mundo en esa tienda cuya dependienta, como no, también fue amabilísima.




El vuelo a Grand Junction también fue de sueño y reflexión, como es ya costumbre, y de unas vistas impresionantes nada más entrar en el estado de Colorado. Un poco antes de lo esperado, llegué a Grand Junction, la que será mi casa hasta junio del año que viene, pero todo esto lo dejo ya para la siguiente entrada sobre mis primeros, y geniales, primeros días aquí.

Termino esta entrada diciendo que, por fin, he cumplido mi sueño. Y lo que más feliz me hace es que ha sido todo gracias a mi esfuerzo, a mi constancia y a mi empeño. He caminado por las calles de Nueva York, he ido en barco por el río Hudson con Sinatra de fondo, he visto el Empire State de frente, he dormido en un Hilton en Nueva Jersey y he pisado Texas.

Los sueños se cumplen si luchas por ellos.




No hay comentarios:

Publicar un comentario