1/5/18

# Mi vida en USA

(+285) PROM Y DÍAS QUE SE QUEDAN DEMASIADO CORTOS


¡Hola! Yo ya no tengo ni perdón, pero cada semana es más ajetreada que la anterior y de verdad que estoy intentando sacarle el máximo partido a estos últimos días, por lo que actualizar el blog cada semana es prácticamente imposible.

Hace dos semanas hicimos el SAT, que es el examen que los americanos tienen que pasar para acceder a la universidad: es decir, es parecido a nuestra Selectividad, con la diferencia de que es para todo el mundo igual, se hace en primero de Bachillerato y es mucho más fácil. Ya que el colegio lo ofrecía gratis, nos anotamos y lo hicimos, para ver más o menos como era.

El miércoles fui con Sara a hacer una ruta de senderismo hasta una cascada en el Colorado National Monument, el cual rodea el vecindario donde vivimos y es increíblemente bonito.



Tras recoger el vestido, encargar las flores y tenerlo todo listo, llegó uno de los días que todo estudiante de intercambio espera desde el principio: Prom o, lo que es lo mismo, el famoso baile de fin de curso. El de nuestro instituto se celebró en una granja que se usa como lugar para bodas y que era preciosa, por lo que por la mañana fuimos allí para ayudar a decorar y dejarlo todo montado. Tras esto, fuimos a la peluquería y nuestra host sister preparó nuestro maquillaje.

Como lo habíamos visto tanto en las películas, le pedimos a nuestro host dad que se hiciese pasar por el típico padre que asusta a las citas de la hija enseñándoles todas sus armas y pretendiendo ser hiper-protector. Dicho y hecho, mientras Sara, Marija, la hermana de Sara y yo nos estábamos preparando en el piso de arriba, él se vistió de camuflaje, puso el canal de caza de fondo, distribuyó todas las armas por el salón y les hizo pasar un rato bastante malo, especialmente a las citas de Marija y Sara, ya que eran otros estudiantes de intercambio y, como con la mayoría de los europeos, no estamos acostumbrados a estas cosas.

Una vez preparadas, y con música de fondo para hacerlo más de película, bajamos las escaleras y nos encontramos con nuestras citas para el baile. La tradición respecto a las flores es que la chica le compra el boutonniere (la flor que va en la solapa del traje) al chico, y él le compra el corsage (las flores de la mano) a la chica; por tanto, una vez en el piso de abajo, lo primero que hicimos fue ponernos las flores los unos a los otros.

Lo siguiente fueron las fotos: tras hacerlas en nuestra casa, fuimos a la de Sara para sacar algunas otras y, después de cientos de ellas, fuimos a cenar a uno de mis restaurantes favoritos y pasamos un rato super bueno todos juntos.






Finalmente, nos dirigimos al lugar del evento para empezar el baile. Para solucionar vuestras dudas, os digo que fue exactamente como os lo imagináis y como se ve en las películas. Fue una forma preciosa de simbolizar cómo nos han cambiado las vidas en nueve meses y de culminar un año de una forma perfecta, aunque no fuese exactamente el final.

Tras el baile, fuimos a un restaurante de comida rápida con muchos de nuestros compañeros, como es costumbre en nuestro instituto después de cada baile, y luego subimos a una de las partes más altas de la ciudad, con la música bien alta, para ver todas las luces.

Después fuimos a nuestra casa y terminamos allí la que fue, sin duda alguna, la noche más bonita de todo nuestro año de intercambio.

Agotadísimas, no tuvimos mejor idea para el dia siguiente que hacer una ruta de senderismo con un amigo que, aunque nos dejó muertas, mereció la pena por las vistas tan bonitas. Como ella ya había prometido desde hace meses, cenamos comida italiana que Sara cocinó para nosotros y de la que me acabé comiendo muchísimos platos, ya que estaba buenísima.



El domingo por la mañana fuimos a misa y, tras comer fuera, volvimos a la iglesia por la tarde para un concierto que se celebra anualmente allí en el que se reúnen muchas de las iglesias del valle, juntan a miembros de sus bandas y ofrecen una hora de música. El coro actuaba como parte de él, por lo que tuvimos la oportunidad de cantar con ellos y experienciarlo desde una perspectiva diferente.




La semana pasada pasó volando, como ya están pasando prácticamente todas. El viernes, tras las clases, fuimos a ver la actuación de uno de nuestros amigos a la iglesia, donde estaban recaudando fondos, y luego fuimos todos a cenar a un restaurante de la ciudad.

El sábado por la mañana fuimos a un partido de rugby y, mientras esperábamos a que empezase, escuchamos una sirena con la melodía de una canción; nos llevó medio segundo girarnos, encontrarnos con el camión de los helados y que casi nos diese un patatús de la emoción.

Para terminar el día, hicimos una ruta de senderismo nocturna que se acabó extendiendo hasta las tantas pero que nos dejó con unas vistas preciosas de las luces de Grand Junction (y con unas cuantas espinas de cactus en los zapatos, que esto es pleno desierto).



El domingo nos estrenamos haciendo voluntariado en la misa de niños, donde jugamos con ellos, los controlamos y ayudamos en todo lo que pudimos, y es algo que haremos el resto de domingos que nos quedan aquí. También, por fin, como habíamos estado esperando desde que me mudé a esta familia, cociné paella. No os digo ni lo que les costaron los ingredientes porque os daría un ataque al corazón, pero solo os digo que tenía bastante presión encima para hacerles una paella que supiese decente; tras unas cuantas horillas y bastantes llamadas de emergencia a mamá, he de decir que quedó sorprendentemente rica y cumplió, e incluso superó, las expectativas.




La tarde del lunes, después del instituto, la pasamos montando a caballo. Era una de las cosas que queríamos hacer antes de irnos y, gracias a una señora de la iglesia con muchísima experiencia en rodeos, pudimos montar uno de los suyos. Además, vimos como entrenaba una de las chicas para el propio rodeo, lo cual fue súper curioso.




El martes, en vez de ir a nuestro instituto, pasamos el día en uno de los otros de la ciudad, ya que nos apetecía mucho ver como funcionaba un instituto más grande. Tuvimos la oportunidad también de montar en un bus amarillo que, por tonto que suene, no me podéis negar que a todo extranjero le haría ilusión eso.



El jueves fue el Día de la Historia en nuestro insti y, en el caso de nuestro curso, la temática era, o bien los 50 o la Guerra Fría. Por razones obvias respecto a la dificultad, la mayoría simplemente nos disfrazamos rollo Grease. El día consistió en actividades en las diferentes clases, algunas representaciones y, como no, mucha, mucha comida.




Al terminar, fui con la italiana a hacer una ruta de senderismo que, aunque esa era la idea, se acabó convirtiendo en un paseo de dos horas por los vecindarios ricos que hay por la zona. Luego fuimos a cenar fuera con unos amigos y pasamos el resto de la tarde juntos.

Tras tanta actividad, el viernes fue un día de bastante relax, poner cosas al día y de caminar hasta la gasolinera más cercana a por helado. Solo os digo que, dado que nadie camina en este lugar, las caras de la gente en los coches eran un panorama.

El sábado fuimos a comer fuera con nuestra host sister y su marido y, tras hacer algunas compras, fuimos a cenar a un local donde todos nuestros compañeros de clase prepararon una cena con teatro para recaudar fondos para su viaje a Italia. Fue súper divertido verlos actuar, y también tuvo su gracia escuchar al hombre que anunciaba las pujas que hicieron, porque la velocidad a la que hablaba no era ni medio normal.

Acabo aquí la entrada, que ya es sufiecientemente larga y no quiero dar mucho más la vara. Hablaré del domingo en la próxima entrada que, ya aviso ahora, tardará un poquito en llegar. Como ya dije antes, me quedan muy poquitos días aquí y quiero sacarles el máximo partido.


¡Hasta la próxima!

No hay comentarios:

Publicar un comentario