30/7/18

# Mi vida en USA

MEMORIA FINAL



MEMORIA - USA 17/18 Alessandra Pereira Hermida

Los sueños no son nunca suficientemente grandes

Y es que no sé ni cómo empezar. Cómo describir en tan pocas páginas algo que ha supuesto un cambio tan grande en mi vida, algo con lo que he aprendido tanto, algo con lo que he sido tan feliz.

Hace casi dos meses desde que llegué a España, habiendo dejado Colorado llena de lágrimas, pero con mi familia y amigos dándome la bienvenida más especial que me podrían haber dado. Y aunque mi yo del año pasado le hubiese llamado a eso el final de una etapa, mi yo del presente se niega a poder cerrar algún día un capítulo de mi vida tras el que sé que vendrán muchos otros buenos, un capítulo que me acompaña cada día con un mensaje de mi host mom contándome cómo le va en el trabajo, o mi host dad llamándome “Aly Bear”, como solía hacer allí; con mis amigos de Colorado acordándose de mí, o conmigo misma siendo incapaz de procesar un año tan especial como el que he vivido, unas personas tan increíblemente buenas como las que he conocido y unos paisajes tan espectaculares como los que el desierto y las montañas de Colorado me han ofrecido. Y es que nunca conseguiré poner “puntos y finales”, y la nostalgia seguirá siendo una de mis mayores características, pero he creado allí una vida que no se va a cerrar, ya que estará presente cuando mi familia americana me visite el año que viene; cuando, con suerte, vea a mis compañeros de clase en su viaje de fin de curso a Italia, o cuando, en un futuro, tenga a toda esa gente que ocupa una parte tan grande de mi corazón en mi boda, un cumpleaños o una barbacoa. Estará presente siempre que esuche una canción de música country y me recuerde a las inmensas carreteras americanas, cada vez que vea una montaña y me parezca pequeña comparada con las Montañas Rocosas, cada vez que use una de las enseñanzas de la vida que he aprendido en América.

Una de las bandas sonoras de mi año en Estados Unidos la han puesto Macklemore y Kesha con la canción “Good Old Days”, en la que dice:

“I wish somebody wold’ve told me, babe, someday these will be the good old days: all the love you won’t forget, and all these reckless nights you won’t regret” (…) “You’ll miss the magic of these good old days.”

“Desearía que alguien me hubiese dicho que estos serían los buenos viejos días: todo el amor que no olvidarás, y todas esas noches temerarias de las que no te arrepentirás” (...) “Echarás de menos la magia de esos buenos tiempos”

He aprendido a valorar el momento en el que vivo porque, en algún otro, lo echaré de menos. Lo echaré de menos como lo hice cuando me estaba intentando adaptar a la vida americana y me fastidiaba por no haber valorado lo suficiente lo que tenía en España: el abrazo de mi madre al llegar a casa, los gritos de mi hermano, los cruasanes de domingo por la mañana que traía mi abuelo… Y es que no quiero que llegue un día en el que me vuelva a arrepentir de no haber valorado el presente y, aunque echo infinitamente de menos Colorado y repetiría mi exchange year millones de veces, no puedo encerrarme en el pasado. He aprendido a ver todos esos recuerdos con una sonrisa inmensa, alguna que otra lagrimilla y, sobre todo, la mentalidad de que lo he vivido, he sido más feliz que nunca antes, he viajado y he abierto mi mente y corazón como nunca pensé que lo haría. Y no hay dinero que pague lo que todos esos recuerdos significan para mí.

No fue un camino de rosas: eché de menos, discutí, me enfadé, me equivoqué, se equivocaron conmigo, me sentí sola e incomprendida, pero aprendí, aprendí más de lo que muchos años en mi zona de confort me habrían enseñado, y fui más feliz de lo que nunca lo habría sido si no hubiese pasado momentos duros. Estuve sentada en una mesa en la que todo el mundo estaba en mi contra, hubo ocho horas de diferencia horaria que me desgarraron cuando solo necesitaba una palabra amiga de apoyo. Lloré y aprendí a hacerlo sin sentirme mal por ello, cosa que nunca había hecho antes; pero también eso me enseñó a sentir y a mostrarlo, a querer y dar un abrazo cuando mi corazón me decía que era lo que debía hacer; me enseñó a vivir.
Tuve un profesor de Filosofía maravilloso que dijo un día:
“Si quitáis las bajadas, nunca vais a poder apreciar las subidas.”

Y supongo que ese fue el truco para que cada momento de felicidad fuese para mí mucho más que eso, para que mi primera semana sin morriña fuese una gran palmadita en mi espalda, o para que recibir mi primera invitación a una fiesta de cumpleaños significase un mundo para mí. Recuerdo perfectamente la soledad que sentí en el enorme aeropuerto de Dallas o sobrevolando las enormes llanuras de Texas y, por la contra, el enorme abrazo que me dio la gente que me rodeaba cuando, seis meses después, me tuve que cambiar de familia y me vieron llorando: todos los que me ofrecieron cariño, los que me ofrecieron su casa, los que me escucharon y arroparon; pero, sobre todo, las maravillosas personas que fueron los Roseberry’s, que me enseñaron la bondad que todavía queda en el mundo, la felicidad que se le puede dar a una persona con tan solo unas palabras, que yo no me había equivocado tanto, y que a veces no hay conexión con cierta gente, pero que cuando la hay, no hay meses que determinen la cantidad de amor que se puede desarrollar por ellos: la cantidad de amor que ellos me hicieron sentir y que espero haberles devuelto.  Segunda lección de mi año de intercambio: muchas veces el error no eres tú, y tampoco necesariamente son otros, pero eso no significa que las cosas no puedan cambiar, y es que no hay que temer a los cambios porque, en mi caso, aquella decisión supuso abrirle la puerta a los mejores cuatro meses de mi año de intercambio, a la mayor diversión, a las mejores amistades y a mi mejor persona.

Me encontré con una sociedad con ideas completamente opuestas a las mías, en donde cosas que en mi cultura eran rechazadas estaban aceptadas, y en la que cosas que yo había crecido viendo como normales, allí estaban mal vistas. Y dije mis opiniones, y como buena testaruda, quise tener siempre la razón. Y no os voy a decir que me hayan convencido en muchas, pero he aprendido que, por mucho que lo intente, mi verdad no es la verdad absoluta, y que siempre hay que escuchar lo que hay detrás de una idea, y respetar.

América me ha mostrado una filosofía de vida completamente distinta. Me ha enseñado que los sueños no son nunca lo suficientemente grandes si se tiene el corazón, la valentía y las ganas necesarias. Me ha enseñado que se puede ser feliz en cualquier etapa de la vida, y que todas, absolutamente todas, tienen algo precioso en ellas. América me ha enseñado que su excesiva positividad que al principio tanto me costó aceptar no es algo tan malo y que, sin perder la cualidad de ser realistas, nos pasamos demasiado tiempo de nuestra vida amargándonos por lo que no deberíamos. América me enseñó a ver de formas diferentes muchos conceptos de la vida: a los amigos, a las parejas, al matrimonio, a la juventud, a la maternidad… Y si bien sigo siendo muy española para muchos de ellos, creo que me ha permitido mejorar mucho cómo los entiendo y la forma en la que los viviré en un futuro.

América me ha roto la cabeza: me ha demostrado ser la sociedad más contradictoria que he conocido, y supongo que me ha hecho contradictoria a mí misma también; pero, más que nunca, me ha enseñado que “definirse es limitarse”, y que hay que estar siempre abierto a todo. No hay que juzgar a absolutamente nadie, porque nunca sabes el motivo por el que la gente hace lo que hace. Pero sobre todo, no hay que decir que “no” a conocer a nadie, ni siquiera a aquel que es diferente, porque yo, que siempre había estado en un ambiente en el que yo era relativamente normal, entré de lleno en un país y una cultura en la que yo era la diferente, y vi la otra cara de la moneda: lo que es sentirse juzgada, lo que es que no acepten una visión diferente o una personalidad distinta. Y me encontré con gente que no lo aceptó, pero también con gente maravillosa que me acogió con mis diferencias, mis pensamientos y mi personalidad, gente que me sonrió y que me enseñó el increíble valor de una sonrisa, de un abrazo o de una palabra amable. Y es que nos pasamos demasiado tiempo de nuestra vida criticando, juzgando e impidiendo ser felices a otras personas y a nosotros mismos.

Hubo un par de años de mi vida en los que no entendía en absoluto el propósito de vivir y bueno, quizás es algo que no hay que entender. No hay que entenderlo todo en esta vida, y lo que he aprendido en este año de intercambio es que, si no tiene ninguno, el que cada persona le debería de poner es ser feliz.

Mi objetivo en la vida siempre había estado enfocado a los estudios, al trabajo, al éxito profesional y sí, sigo siendo la misma persona ambiciosa a la que le sigue importando eso, pero porque a mí es lo que me hace feliz; si a otra persona le hace feliz dejar los estudios y ser peluquera, ¿por qué no?, no todos tenemos que seguir el mismo camino, y no todos vamos a encontrar la felicidad por el mismo, pero todos y cada uno de ellos, dentro de unos límites razonables, son respetables y admirables, porque al fin y al cabo cada una de nuestras vidas son una búsqueda de felicidad, y no hay algo más triste que aquel que no la ha encontrado por seguir un camino dictaminado. He aprendido que, a mí, una de las cosas que más feliz me hace es viajar y conocer a gente diferente, y que eso es algo que este año allí me ha aportado.

He hecho voluntariado que me ha enseñado lo importante que son hacer buenas acciones y cómo es algo que deberíamos hacer mucho más en España: ayudar a limpiar un jardín a una señora mayor, empaquetar regalos para niños del tercer mundo, ayudar a vaciar una piscina de esponjas en la iglesia… Cosas muy diminutas pero que también me han enseñado lo importante que es hacer felices a otros.

Es inmensa la cantidad de gente que me repite cuánto me va a costar Segundo de Bachillerato tras un año en América, pero vengo con las ganas de poner todo el esfuerzo que haga falta. Y quién se imaginaría que Alessandra alguna vez diría esto, pero, si algo me cuesta más y me hace tropezar, si baja mi media un poquito, nada jamás podrá compensar lo inmensamente feliz que he sido en América, las lecciones de vida que me llevo en mi mochila y las experiencias y enseñanzas que he conseguido gracias a haber hecho lo que tanta gente, por miedo a salirse de lo común y de su zona de confort, no ha hecho. Nunca jamás había sido tan feliz, y recordaré este año mil veces más de las que hubiese recordado no intentar superarme y enfrentarme a casi 11 meses lejos de casa.

Y me llevo todo eso aprendido de América, pero lo que más me llevo de América son personas; personas que, como dije antes, me han enseñado que hay mucha más gente buena en este mundo que mala, y que me han abierto mi corazón en canal. Yo, que era reacia a mostrar mis sentimientos o alguna debilidad y yo, que ahora admito que no soy la más fuerte de todas, pero que cada día un poquito más, que admito que me queda muchísimo por aprender y que hay cosas que todavía me superan. Yo, que si ahora quiero a alguien se lo digo, y que si me sale un abrazo del corazón, lo doy, pero que si me sale una lágrima de ese mismo sitio, también la dejo caer.

Además del sobrepeso que me traje en mis dos maletas, me he traído recuerdos impagables y momentos de felicidad inmensa: mi host dad haciéndome sus quesadillas que tanto me gustan, mi host mom llevándonos a por un helado después de cenar, mi host sister y su marido vacilándome tanto como pudieron y más, mi equipo de voleibol animándome a terminar la milla que me costaba mundos correr, mis mejores amigos dándome muchas de las tardes más divertidas de mi vida y la familia que vi formada a mi alrededor el día en el que celebré mi cumpleaños, a miles de kilómetros de lo que yo siempre había conocido y querido.






Ver la Estatua de la Libertad. Hacer mi primera amiga. Encontrar a alguien que me entendió. Aprenderme las rotaciones en voleibol. Correr una milla. Mi primer baile. Ir de “truco o trato”. Ser titular en el equipo de varsity de baloncesto por primera vez. Tomar las uvas con mi familia por Skype. Encontrar una segunda familia. Ver una película en el sofá de casa con mi host family. Hablar con mi madre y contarle lo feliz que soy. Sentirme parte de la familia que era mi instituto. El baile de fin de curso. Amistades inmejorables. Subir a una de las cimas más altas y hacer una promesa. Ver las luces de la ciudad desde lo más alto. Abrazar. Graduarme como siempre había soñado. Despedirse. Y querer, querer mucho.

América no es perfecta, España tampoco lo es. Nadie lo es.

Pero este ha sido el año más feliz de mi vida, y jamás podré agradecerle a todo aquel que lo hizo posible lo suficiente. A Elena, de FSL, por apostar por mí, a Ana María por las infinitas consultas, a la Fundación Amancio Ortega, a FSL y CIEE, a los Roseberry’s por ser una familia increíble, a mis amigos de allí por hacerme sentir tan querida, especialmente mi grupo de amigos más cercanos, a los de España por hacerlo a pesar de la distancia, a mi familia por aguantar esta pequeña locura y a mi madre, por sufrir y ser feliz conmigo.

A América, por hacer que lo que más me llevo de mi año de intercambio sea amor.
A Colorado, por convertirse en un hogar para mí.
Y a Grand Junction, por haber sido el escenario más bonito que podría haber imaginado para mi sueño.
Volveré pronto.






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